En el pueblo decían que Matías estaba loco. La fama le venía de su padre, inventor autodidacta que nunca se rindió ante las equivocaciones, las burlas y los errores de cálculo. Honorio, así se llamaba, estaba decidido a encontrar una fórmula que lo hiciera invisible. Un día, nadie lo volvió a ver: ni su esposa, ni sus hijos, pero algunos decían que lo veían de vez en cuando. Su familia se cansó de correr detrás de rastros que se perdían entre las preguntas sobre quién lo vio y hacia dónde iba y volvían todos, la mujer y los hijos cansados, sedientos y sin el inventor, al que dieron por muerto unos cinco años después.
Matías había heredado esta curiosidad y por mucho que Luisa, su madre, lo intentara, no pudo ahorrarle a su hijo la fama y las burlas que escuchó tantas veces. Para Matías, eso sí, la invisibilidad no era importante, lo suyo era lo contrario. Hacer visibles a los que no lo eran, entre ellos a Honorio, a quien creía vivo y cerca.
Leyó algunas notas de su padre pero no sacó demasiadas cosas en claro. Insistió en su búsqueda y terminó dando con la fórmula que se llevó a su padre. La usó en un loro que había en su casa y mientras todas pensaban que se había escapado, no permitió que abrieran demasiado la jaula. Ahora que había encontrado el veneno, sólo faltaba el antídoto. Y cuando creía que lo había logrado sin duda, porque había devuelto al loro su color, se bebió una botellita a ver qué pasaba. Al principio, parecía que nada pero entonces vio a su padre, apoyado en una de las mesas del laboratorio donde los dos habían pasado tantas horas. "Por fin, hijo". Y le dio un abrazo. Hablaron un buen rato y se fueron de paseo por algunos pueblos cercanos que luego se hicieron famosos por los "fantasmas bebedores", que entraban a los bares y acababan con una botella de whisky sin que hubiera forma de ponerles una mano encima. Y así pasaron meses y en la casa buscaron hasta que otra vez madre e hijas se dieron por vencidas y decidieron dar un funeral digno al hijo muerto quién sabe con cuanto sufrimiento, sin saber que su fórmula le trajo de vuelta cuando ya se había acostumbrado al whisky, la compañía del padre, y su madre a la resignación.




